Ser un héroe

Siempre hay una primera vez para todo.
Aquel día viajaba en metro con el primer ejemplar impreso de mi novela bajo el brazo. Podía notar el peso del libro recién nacido, cargado con mi propia energía pero también con la de su propia historia larga y tortuosa, casi como una presencia viva que reclamaba mi atención.
Yo trataba de ignorarlo -ya lo revisaría cuando llegara a casa- mientras, móvil en mano, me disponía a finalizar mi serie diaria de reflexiones. Tan solo me faltaba una. Respiré hondo y miré a mi alrededor. Es algo que hago a menudo; busco una imagen, un punto de apoyo desde donde construir una semilla, una idea que de lugar a unas palabras, unas palabras con las que construir algo parecido a un aforismo, a una expresión escrita que invite a la reflexión.
Me fijé en un tipo de mediana edad, moreno, barba descuidada, camisa remangada y pantalones manchados. Tenía un violín en la mano. El tipo lo sujetaba con exquisita delicadeza mientras caminaba entre los ocupantes del vagón, con evidente actitud protectora. El instrumento parecía antiguo aunque en perfecto estado y – aunque no soy un entendido en la materia – estaba seguro que aquella era una pieza de particular valor.
«Un instrumento valioso… El amor de su dueño…» – traté de centrarme en aquellas ideas, con la esperanza de desarrollar algo interesante.
Pero nos detuvimos en una estación y mi atención se centró – creo que la de la mayoría de los que estábamos allí – en una mujer menuda, que entraba en el vagón empujando un enorme carrito para niños. A bordo iban dos gemelas, de unos seis meses y vestidas con idénticos vestiditos. Una de ellas lloraba desconsoladamente. La madre maniobró el aparatoso vehículo con admirable destreza y con una sola mano ya que, con la otra, sujetaba de la mano a otro niño rubio, de unos dos años. Tenía Sindrome de Down.
En pocos segundos consiguió avanzar hasta el banco, donde alguien se levantó para cederle un sitio. La pequeña no dejaba de llorar, así que la puso sobre su regazo y empezó a darle el pecho. Justo cuando finalizó el llanto -dudo que la sincronización fuera casual- el violinista apoyó delicadamente la valiosa madera en el cuello y empezó a tocar una conocida pieza de Vivaldi.
Y era bueno.
Muy bueno, de hecho. Cuando acabó la pieza, casi todos rebuscábamos unas monedas en nuestras carteras. Pero yo solo tenía un billete… y no de los pequeños, precisamente. Mientras dudaba, el tipo se aproximó y reparó en mi dinero; luego me miró y, sorprendéntemente, negó con la cabeza.
– No hace falta, hombre… – sonrió.
En aquel momento, las puertas se abrieron y el violinista parecía dispuesto a apearse del vagón.
– ¡Espere! -exclamó alguien.
La madre de los tres niños hacía lo posible para encontrar su monedero en interior de la bolsa del carrito y, al mismo tiempo, sostener al bebé con el otro brazo. Sin embargo, en aquel instante, el pequeño de dos años se escabulló entre las piernas de su madre y cruzó las puertas del vagón justo cuando éstas empezaban a cerrarse.
La mujer gritó, incapaz de alcanzarlo, y todos nos quedamos petrificados. Todo ocurrió demasiado rápido…
Pero el viejo violín se interpuso en el último segundo.
El instrumentó crujió levemente, emitiendo una nota dolorosa y estridente, pero impidiendo que las compuertas se cerraran por completo. Luego el músico las acabó de abrir a fuerza de brazos y saltó al andén a rescatar al pequeño, que parecía observar nuestra inquietud con fascinado interés.
– Dios mío… ¡Muchas gracias! -dijo la madre, cuando tomó de nuevo la mano de su hijo – Es usted… mi héroe.
El tipo la miró detenidamente antes de responder. Parecía sopesar muy en serio el significado de aquella afirmación mientras observaba aquella familia.
– Supongo que entre héroes, debemos ayudarnos – afirmó, finalmente. Luego hizo un gesto de despedida y, tras un guiño al pequeño recién rescatado, se dirigió de nuevo a la puerta.
Yo había estado tan absorto contemplando todo aquello, que todavía sujetaba el billete en la mano. En aquel momento, se me ocurrió la reflexión que estaba buscando:
«Hay un poco de ti, en todo aquello que admiras».
Tuve tiempo de escribir aquella frase en el billete y ofrecérselo al músico antes de que se marchara con su violín herido. Luego tomé mi libro recién impreso y volví a escribir las mismas palabras en la primera página. Insistí en regalárselo a la madre de los pequeños, tras ayudarla a bajar en su estación.
Luego sonreí, satisfecho.
Siempre hay una primera vez para todo, incluso para comprender que, aunque todos somos los grandes héroes de nuestra propia cotidianidad, algunos brillan con una Luz especial. Aquel día me había cruzado con dos de ellos y me reconfortaba saber que continuaban en paz su camino, desde aquel instante, con un pequeño trozo de mi.

12 comentarios
Rafael me fascina tu estilo literario, si pudiera compraría todos tus libros pero vivo en Venezuela y es imposible adquirirlos.Gracias por compartir tu belleza espiritual.
Hola Clara…me da mucha pena saber q tu país está pasando por epocas muy difíciles…yo soy de México y también tenemos retos q superar… Me gustaría ver si puedo mandarte el libro desde aquí. Crees q por correo llegaría?
Maribel y Clara, muchas gracias, de corazón. Estamos tratando de que el libro llegue lo antes posible hasta las librerías de varios países de latinoamérica (México, Venezuela, Argentina, Perú, etc..). Espero que sea lo antes posible. Un fuerte abrazo a las dos.
Captö mi atenciön total, me olvid? mientras leia mi malestar por el resfriado que estoy pasando.
Bella reflecciön. Muy amable.
Sus escritos me relajan.
Que buenos motivos para la reflexión del día dos mundos totalmente diferentes pero héroes al mismo tiempo
Bello y creativo por fuera, bello y creativo por dentro… Para mí un libro revelador la respuesta a mis plegarias en estos momentos de crisis, ya para 10 años que llevo sufriendo, a pesar de trabajarme, de auto conocerme no había podido llegar a concluir.
Una síntesis de toda mi trayectoria vivencias y formaciones que al igual que Rafael en su saber hacer, me han ayudado a integrar el todo como persona y como parte del universo. En el libro he podido colocar todo eso que llevaba dentro y que danzaba a su aire y con demasiado control y dispersión.
Mi enhorabuena por tu libro y por todo el trabajo que lleva inmerso de sabiduría interior.
Rafael, acabo de descubrirte. A ti y a tu misión. Es maravilloso cómo escribes, desde luego estás hecho para ello. Captas la atención perfectamente y empleas unos recursos muy acertados que son capaces de generar imágenes poderosamente claras en aquellos que leen tus palabras. Enhorabuena.
Yo también soy un apasionado de la escritura y del desarrollo personal. De hecho, comparto mis reflexiones en un blog. Me planteé dejar la carrera de Medicina por dedicarme en cuerpo y alma a este apasionante y enriquecedor mundo, pero la Medicina me dará mucho y yo también me daré mucho a los demás. Desde entonces, compagino mi blog y mi formación en este ámbito con mis estudios. Quizás podamos estar en contacto y compartir pensamientos, de manera desinteresada. Quizás no, y lo entendería. Aun así, felicitarte de nuevo por cómo sigues tu camino, por la valentía de haber hecho caso a tu corazón.
Tienes un don. Un fuerte abrazo, Manuel.
Simplente gracias.
Me ha ayudado a ver otra vida que no hera la mia.
Gracias,
¡Qué bonito! ¡Qué bueno que entré a leerte y conocerte! Un gusto realmente.
Te estaré leyendo.
Estabas ahí… Y tu forma de estar te ha hecho ser en muchos más. La historia es luminosa… Seres anónimos que dejaron de serlo por mucho más que una sucesión de gestos. En ese vagón de metro se dio la confluencia de millones de personas escalando la pirámide de un yo convertido en un nosotros. El ser humano caminando desde miles de años logró esa escena. Keops escalado. Maravillosa historia… Leeré tu libro (siempre me gusta conocer más de quien sabe serlo desde lo pequeño)
Muchas gracias, Juanjo, por tus palabras. Será un placer conocer tu opinión, sobre «El hombre más rico del mundo». Un abrazo.
simplemente excelente!!!